Tengo una cuenta en Twitter, @mdoval, con la que llevo casi 5 años. Ahí me desparramo, lo mismo tuiteo un asunto de comunicación que me indigno con los políticos o charlo con los amigos.
Hace unas semanas abrí otra cuenta con la finalidad de que me sirviera en la actual investigación que estoy realizando sobre el uso de Twitter de los periodistas portugueses y españoles. Ni era pública ni permitía que nadie me siguiera, porque era una manera de tener unas listas y seguir a personas sin vincularlas con mi cuenta, para actuar como una vulgar lurker mirona.
He pensado que podía utilizar la cuenta de investigación @emedios para difundir e interactuar (esto último, menos) sobre los temas de comunicación, mientras que @mdoval será para eso y todo lo demás.
Es decir, seguirme en @mdoval supone el pack completo y seguirme en @emedios es para aquellas personas que sólo quieren mi perfil académico.
Hace unas semanas publiqué en Storify un recopilatorio de investigación académica que se remontaba a 2001 para explicar qué iba a cambiar en la comunicación de masas. Lo hice, entre otros motivos, para que si alguien de los medios lo leía, se diera cuenta de que en 2001, antes de que nacieran Twitter y Facebook, ya se avisaba en el ámbito académico de las consecuencias de la comunicación mediada por ordenador e Internet.
¿Crees que es un oficio que se aprende sobre la marcha, básicamente?
Se convirtió en carrera universitaria porque los periodistas teníamos complejo de no ser universitarios. Y como queríamos ser universitarios…
Por “titulitis”, vamos.
Nos inventamos esa carrera simplemente para darnos el gusto de tener un título universitario.
El País mantiene la postura de que cualquier licenciado/graduado que pase por su máster está preparado para ser periodista. Por eso su director, Moreno-Barber, es un químico con máster de El País. Por lo tanto, sabe de periodismo lo que le han enseñado en El País. Nada más.
De estos polvos vienen estos lodos. Básicamente el planteamiento del problema es el siguiente: nadie te puede enseñar lo que no sabe.
Una empresa es un gran sitio para aprender, pero la gente que está trabajando* muy raramente tiene tiempo para investigar qué están haciendo otros, qué está sucediendo en otros países, cuáles son las tendencias sociales. A eso se añade que dentro de las empresas hay intereses: no planteo tal posibilidad sobre el futuro del negocio porque sé que me voy a enemistar con el jefe A o B. Puedo imaginar a cualquier trabajador de El País escondiendo sus opiniones sobre Internet tras leer las bobadas de su jefe en 2007.
Me pregunto cuánto dinero se han gastado los medios españoles en Investigación, Desarrollo e Innovación y no estoy hablando de gastarse el dinero en informática, sino en esas cosas que en 2001 ya se sabían y que los medios españoles ignoraban, que el papel del medio de comunicación tenía los pies de barro y no estoy hablando del papel sino del medio.
El PP siempre confunde comunicación con propaganda y ante la crítica que merecen sus medidas sobre educación y sanidad piensan que una campaña publicitaria lo arreglará. Parece que no han aprendido nada ni del Prestige, ni de la guerra de Irak, ni del 11-M ni de los ocho años en la oposición. Da la sensación de que o no se dejan aconsejar o los que les aconsejan no saben nada de comunicación. Hoy, el director de El Mundo, Pedro J. Ramírez, les da unos consejos al final de su carta semanal. El último párrafo es el que sigue:
Esa labor de pedagogía es la que brilla por su ausencia en un gobierno percibido, según el propio Toribio, como «poco proclive a explicar». Y pretender sustituir lo que debería ser la constante comparecencia del presidente Rajoy en todos los foros y formatos por una campaña de publicidad como la anunciada por Cospedal, sólo servirá para añadir agravio a la dejadez. El jefe del Gobierno está obligado a explicar de forma articulada por qué subió el IRPF, por qué no les cantó las cuarenta a Zapatero y Salgado por el engaño del déficit, por qué pospuso los Presupuestos a las elecciones andaluzas, por qué dijo una y otra vez que no habría copagos y ahora los ha impuesto, por qué excluyó la Educación y la Sanidad de su programa de recortes y ahora las ha incluido, por qué descartó la subida del IVA y ya la tiene programada, por qué a pesar de las reformas sube otra vez la prima de riesgo y baja otra vez el rating de España, por qué el aumento del paro está superando las previsiones más pesimistas y no se vislumbra alivio en toda la legislatura o, ya puestos, por qué se lanza un nuevo plan penitenciario que rebaja las exigencias para el acercamiento de etarras a cárceles vascas. Mientras no conteste todas estas preguntas, no existirá el clima de confianza imprescindible para seguir empeñados en cruzar el Delaware.
Aquí está empezando a crearse un gran equívoco. Como decía Callaghan, «gobernar no es ceder» y ¡ay de los pusilánimes que se arredren ante las dificultades! Pero gobernar sí es responder y de eso no parece terminar de darse cuenta el señor Rajoy.
El PP y Rajoy en concreto, viven empeñados en que sus interlocutores son el PSOE y el resto de la oposición, por eso eluden responder a los periodistas, dar entrevistas o explicar claramente los motivos de sus medidas y el futuro de sus acciones. Es como si los ciudadanos españoles no merecieran una explicación y, en caso de merecerla, ésta vendría en formato slogan, nunca en un diálogo de intercambio mutuo de inquietudes y desconfianzas. A mí, como ciudadana, me da la sensación de que el Gobierno se piensa que soy una oveja a la que pueden transportar, esquilar o vender; no hay necesidad de que me expliquen por qué hacen lo que hacen y no otras cosas y qué tienen pensado en caso de que sus planes no funcionen. Tampoco me explican por qué, si hay consenso general en que la culpa de la situación española es el pésimo comportamiento de bancos y cajas, la cosa se arreglará en cuanto los ancianos paguen las recetas.
Es decir, el Gobierno se ha olvidado de que la democracia no es ganar unas elecciones y legislar sino que es gobernar no sólo para el pueblo sino con el pueblo.
¿Quién quiere saber la verdad si puede escuchar que tiene razón?
10.ABR.2012
El periodismo ha reclamado tradicionalmente ser el cuarto poder, como contrapeso de los tres poderes del Estado. Los temas que tratan los medios de comunicación son los que interesan a la sociedad, los que crean una agenda de asuntos relevantes para la nación. Los medios de comunicación, los periodistas son esenciales para la democracia al hacer un relato de lo que realmente está pasando para que los ciudadanos puedan tomar decisiones fundamentadas.
Las empresas de medios de comunicación han aprendido que el refuerzo de las convicciones se vende mucho mejor que la información.
Trevas. Capilla del conjunto Bom Jesús do Monte de Braga.
A capela tem uma só figura de Jesus Cristo, sentado numa pedra, com os pulsos presos e os olhos vendados, da autoria de Evangelista Vieira. A inscrição reza: “Tunc expuerunt in facien ejus… alh auten palmas in faciem ejus dederunt. Math. 26, 67.” (“Então uns lhe cuspiram no rosto… e outros lhe deram bofetadas.”)
La capilla tiene una sola figura de Jesucristo, sentado en una piedra, con las muñecas atadas y los ojos vendados, esculpido por Evangelista Viera. La inscripción reza: “Entonces, unos le escupieron en la cara… y otros le daban bofetadas”.
La imagen representa el momento en que, tras capturar a Jesús en el monte de los Olivos, los guardas del Templo le llevan ante el Sumo Sacerdote. Tras el interrogatorio, en el que los testimonios contradictorios desesperan a los jueces, el Sumo Sacerdote conmina a Cristo: “«En el nombre del Dios vivo te ordeno que nos contestes: ¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios?» . Jesús le respondió: «Así es, tal como tú lo has dicho. Y yo os digo más: a partir de ahora contemplaréis al Hijo del Hombre sentado a la derecha del Dios Todopoderoso, y lo veréis venir sobre las nubes del cielo.» Entonces el sumo sacerdote se rasgó las ropas, diciendo: «¡Ha blasfemado! ¿Para qué necesitamos más testigos? Vosotros mismos acabáis de oír estas palabras blasfemas”.
MATEO 26,67-68
[67].Luego comenzaron a escupirle en la cara y a darle bofetadas, mientras otros lo golpeaban [68].diciéndole: «Mesías, ¡adivina quién te pegó!»
MARCOS 14,65
Después algunos empezaron a escupirle. Le cubrieron la cara y le golpeaban antes de preguntarle: «¡Hazte el profeta!» Y los policías del Templo lo abofeteaban.
LUCAS 22,63-65
[63].Los hombres que custodiaban a Jesús empezaron a burlarse de él y a darle golpes. [64].Le cubrieron la cara, y después le preguntaban: «Adivina quién te pegó.» [65].Y proferían toda clase de insultos contra él.
Cuanto más sé del mundo de la comunicación, más exigente me vuelvo con el mundo del periodismo. ¿Todo es periodismo? Desde luego que no. Quizás todo es comunicación, pero el periodismo tiene reglas, normas y objetivos determinados.
Uno de los mayores peligros de esta apasionante etapa es que se confunda las dos cosas, que la formidable fortaleza y expansión de la comunicación asfixie al periodismo y a sus reglas, como algo antiguo e innecesario.
El peligro es que vayamos olvidándonos de esas reglas, porque las nuevas herramientas presionen tan fuertemente sobre ellas que no seamos capaces de defenderlas. Tenemos que hablar de todo esto.
¿Qué reglas son esas? Las que elaboraron Kovach y Rosenstiel en su libro “Elementos del periodismo” son un buen resumen. Seguramente, los que acaban hoy el máster ya las conocen. Pero no viene mal recordarlas de vez en cuando:
“La primera obligación de un periodista es la verdad. Debe lealtad ante todo a los ciudadanos. Su esencia es la disciplina de la verificación. Debe mantener la independencia con respecto a aquellos a quienes informa. (Y con respecto a sus fuentes, diría yo). Debe ejercer un control independiente del poder…”
También puede ser una buena regla para los periodistas no pensar nunca en “usuarios”, sino en lectores, oyentes, televidentes, que es algo más personalizado. Es como cuando los médicos hablan de “clientes” en lugar de “pacientes”. La confianza en el médico sufre un bajón muy explicable.
Con “usuarios” se consigue, sin duda, mucha audiencia. Pero con “lectores, oyentes y televidentes” se consigue influencia, que es algo a lo que debe aspirar el periodismo.
La influencia del periodismo en basa en su capacidad para imponer agendas públicas, agendas relacionadas con el interés público (del que hablaré más adelante). Es algo que es realmente difícil en la actualidad, debido a la enorme fragmentación de los medios en los que los ciudadanos buscan su información, pero que debe seguir siendo uno de los grandes objetivos del periodismo. Influir es: decir explícitamente las cosas sobre las que creemos que hay que hablar colectivamente.
Esas agendas públicas son también las que marcan las diferencias con la prensa amarilla o sensacionalista, porque ese tipo de medios lo que quiere es imponer una propia como si fuera pública. El ejemplo más claro son los sucesos puestos en primera página. Si aparecen en la sección de sucesos, invitan a la reflexión sobre la insondable condición del ser humano. Si aparecen en la primera página, exigen declaraciones sobre la pena capital, la cadena perpetua o la reforma de incontables leyes (sobre todo, si afectan a los menores).
Las agendas públicas que el periodismo quiere imponer tampoco tienen nada que ver con los Trending Topic, que son otra cosa.
De hecho, los trending topics que han batido récords de cientos de millones de citas, como la muerte de Michel Jackson o los papeles de Wikileaks, no son consecuencia de una voluntad de fijar agendas.
La muerte de Jackson fue un hecho que marcó la agenda por sí mismo. Y los wikileaks fueron una agenda marcada por otros medios de comunicación, no en Twitter o Facebook, que se limitaron más bien a rebotarlo o glosarlo.
Deberíais leerlo entero. Solamente el hecho de que mencione varios libros en su escrito me emociona. Estoy bastante asustada de la capacidad de algunas personas de dar veredictos sobre el periodismo, la comunicación o lo que sea sin una sola cita a ninguna lectura. Creo que ése es un rasgo distintivo de gurú o del charlatán.
Especialmente importante me parece esta reflexión:
La peor manera de suicidarse es dejar de indagar los hechos y limitarse a vocear las distintas versiones. Eso no es periodismo. Volvemos a la comunicación, que consiste en compartir mensajes, y no en averiguar qué tienen de cierto.
Periodismo, insistamos, es indagar en hechos, acontecimientos que tienen interés público y hacerlo respetando unas reglas.
¿Qué es de interés público?, se preguntan algunos. Desde luego, no lo que más interesa al público, sino algo muy distinto.
El obispo de Palencia, Esteban Escudero, parece dominado por ese reflejo totalitario que lleva a ciertos tipos de autoridad a inmiscuirse en asuntos que no son de su incumbencia.
Yo diría que a partir de ese párrafo y en adelante se podía sustituir obispo de Palencia por El País y aplicarse el cuento el redactor de la pieza de opinión.
¿Qué le importa a El País lo que diga a sus fieles el obispo de Palencia? Pues bastante menos de lo que le incumbe al obispo lo que Tamayo diga a los fieles. ¿Es El País por ello totalitario?
Hay que currarse un poquito más la opinión. Por lo menos, que la columna no sea autodestructiva.
Me ha encantado la despedida de la defensora del lector de El País. Lo ha hecho con un alegato en defensa de la verdad. Adiós, y mucha suerte se titula el artículo (suena a las “buenas noches y buena suerte” de Murrow).
Me ha encantado porque afirma algo que es obvio para muchos de nosotros:
Una visión cínica del periodismo sostiene que la verdad no existe. Que puede haber tantas verdades como interpretaciones de la realidad. Este planteamiento es una gran trampa. Creo que los periodistas hemos sido negligentes al descuidar la defensa de la verdad. Porque la verdad, en periodismo, existe. Al menos existe la verdad de los hechos, la verdad factual. Aquello que es cierto y es comprobable.
Amén. No puedo estar más de acuerdo, con una salvedad. La verdad existe pero no está en manos de ningún medio en exclusiva ni de ningún individuo el comprenderla absolutamente. De cada hecho hay tantas versiones como testigos y cada versión sincera nos añade algo de verdad. Otra cosa son las versiones falseadas, no nos añaden nada de verdad sino que nos intentan manipular.
La verdad no es un compromiso entre sus diferentes versiones. Y, sin embargo, potentes aparatos de influencia saturan el espacio informativo con versiones y contraversiones destinadas a falsear la realidad. Más que informar, lo que hace este tipo de periodismo es desinformar. Porque la falsa neutralidad del periodismo de versiones otorga las mismas oportunidades a quien dice la verdad que a quien miente. Y porque la verdad incómoda tiene más dificultades para imponerse al ruido mediático creado para sepultarla. Piensen en el cambio climático. Piensen en todos esos imputados por corrupción que se presentan como víctimas de una persecución política. Piensen en esos sindicalistas presentados como expoliadores, mientras los expoliadores aparecen como brillantes gestores.
Quiso la casualidad que hace 7 días le enviara un email a Milagros Pérez Oliva, a propósito de la información que durante todo el domingo dio El País sobre la manifestación de los sindicatos. La cifra de manifestantes era totalmente desorbitada, 500.000, y contradictoria con las estimaciones que el propio periódico hacía para esa superficie en manifestaciones que fueron contra el gobierno del PSOE. He aquí algo factual y comprobable y he aquí una prueba más de que ese periodismo verdadero con hechos verdaderos no existe tampoco en El País en muchas ocasiones.
Sin embargo, la defensora del lector pone como ejemplo de verdades cuestiones que son opinables, más concretamente son a)hipótesis en estudio (cambio climático) b) juicios morales (corrupción, sindicalistas, gestores). No sé por qué se le ido ahí la mano, pero es una incoherencia que pretenda pasar por hechos asuntos que están sujetos a debate porque no se conoce los suficiente sobre ellos o son además compatibles entre sí (los sindicalistas y los gestores ambos pueden ser expoliadores y otros sindicalistas y gestores pueden ser perfectamente honrados). No hay peor intransigencia que la de hacer pasar por verdad lo que es sólo una opinión.
Muchos lectores me han preguntado cómo es posible que ante un mismo hecho puedan aparecer versiones tan antagónicas como las que pueden leerse en los diferentes medios. La facilidad con que los lectores pueden observar ahora esas diferencias ha aumentado su escepticismo respecto de lo que les contamos. ¿Cómo saber quién miente y quién dice la verdad?
Bien, esto es así y parece ser que siempre ha sido así. Philip Meyer decía en su libro The vanishing newspaper que no es que el periodismo tenga ahora unos estándares más bajos de verificación sino que hay más gente vigilándolos, lo cual es buenísimo. Vean en esta pieza un excelente trabajo de contraste de fuentes informativas: La relatividad de los medios o ¿cuántos hombres de rojo hay? Ahora que queda patente la ocultación y la tergiversación es cuando el periodismo debería ser capaz de enfrentarse con el núcleo de su auténtica labor que es reflejar la realidad.
La sociedad está saturada de información y la prensa trata de adaptarse a los nuevos requerimientos ofreciendo un periodismo más interpretativo. Pero la interpretación no puede ser una coartada para la deformación. Hemos de partir de los hechos para llegar a su interpretación y no al revés. El problema es que hay prácticas periodísticas que prescinden de los hechos o que los distorsionan hasta conseguir que coincidan con la versión que quieren imponer. Su objetivo es distorsionar la realidad, y si es posible, crearla.
Pues si esa es la adaptación de la prensa, la solución no puede ser peor. Si hay sobreabundancia de algo es de interpretación, lo maravilloso sería que los medios de comunicación se dedicaran a informar de hechos y ahí es donde pueden aportar algo genuinamente profesional, de modo que pensar que la diferencia y el valor añadido son las interpretaciones, en fin, explica muchos cierres de medios. Su labor no es convencernos de la bondad de los sindicalistas o de la culpabilidad de los gestores, no es adoctrinarnos sobre cuestiones científicas que no dominan, no es asustar a un sector de la población sobre las malas intenciones de otro sector de la población, no es alarmar y enfrentar a grupos sociales, no es eso lo que le hace falta a la sociedad. No hacen falta más predicadores, hacen falta más reporteros.
Desconfíen de quienes anteponen la interpretación a la demostración. El periodismo interpretativo debe basarse en hechos y datos comprobables. Y desconfíen también de aquellos textos que no hacen un esfuerzo suficiente para demostrarles cómo han llegado a la versión que sostienen. El periodismo de interpretación no puede ser la gran coartada para eludir, ignorar o sepultar la verdad. O para entronizar lo que el filósofo norteamericano Harry G. Frankfurt denomina “la tergiversación engañosa próxima a la mentira”. En dos obras de referencia sobre esta cuestión que me permito recomendarles, On Bullshit y Sobre la verdad (Paidós), Harry G. Frankfurt expresa su preocupación por el aumento de la charlatanería y por las consecuencias que puede tener la indiferencia de la sociedad hacia la verdad.
Dios te oiga, Milagros. El día que vea en un medio explicar cómo han llegado a la conclusión que han llegado, abriré una botella de cava. Sería maravilloso que explicaran el proceso informativo, por transparencia, sería maravilloso que explicaran que no tienen todos los datos de todo, sería maravilloso que especificaran las fuentes, sería maravilloso que admitieran no estar seguros de lo que están afirmando cuando no lo están, sería maravilloso que reconocieran que sólo una fuente les ha informado de eso que ponen en portada a cuatro columnas. Lo que está ocurriendo, en mi opinión, es que la saturación informativa del consumidor actual nos va a obligar a educarnos mejor a la hora de informarnos. Es decir, el ciudadano va a tener que hacer un gran esfuerzo por discernir fuentes y creo que Pérez Oliva se equivoca al decir que la receta va a ser colgarse de una cabecera como El País como fuente de la única verdad.
Lo peor que puede pasar es que la ciudadanía crea que la única forma que tiene de hacerse con la verdad sea leer diversos medios de signo diferente. Porque la versión promedio no tiene por qué coincidir con la verdad. Los periodistas hemos de aspirar a que nuestros lectores tengan la confianza de que leyéndonos a nosotros, no necesitan ir a promediar con otras versiones. La democracia necesita medios de referencia independientes, creíbles y veraces, que resulten fiables para cualquier lector, independientemente de cuál sea su línea editorial.
Milagros, si el periodista fuera Dios no haría falta leer diferentes versiones, pero ni siquiera Moreno Barber es Dios. Estoy totalmente de acuerdo en que la versión promedio no tiene por qué coincidir con la verdad pero tampoco tiene que coincidir con la verdad la versión de El País. Como ya dije arriba, el conocimiento humano es limitado y sin necesidad de que haya afán de manipular, el conocimiento que alguien nos transmite es parcial. Una foto no transmite la realidad, es un encuadre de la realidad. Un relato periodístico no es la verdad, es un relato de la verdad en el mejor de los casos, con un encuadre, también. Esto está sobradamente estudiado. Yo no miento conscientemente en este blog pero me apuesto un millón de euros a que Pérez Oliva y yo no estamos de acuerdo en qué es verdad y mentira en infinidad de temas. Si no se tiene claro que es compatible ser sincero con errar, mal vamos.
Decía Bochenski que la autoridad del que sabe -la que deberían tener los medios- se basa en dos premisas: 1) que el que tiene autoridad sepa de qué habla y 2) que me diga la verdad. Me temo que el problema del periodismo actual está en los dos puntos: ni nos fiamos de que muchos periodistas sepan sobre el tema del que estan hablando y no nos fiamos de que sean sinceros. Ambos puntos son letales para la confianza en la prensa, en el periodismo, y ambos puntos están bajo mínimos.
Estoy leyendo el libro The information diet, cuando lo haya terminado os diré qué recetas me parecen buenas para superar esta confusión en la que nos sumergen los medios tradicionales y los sociales. En principio, parece una buena reflexión la que hace el autor del libro: la información y la comida son muy parecidas, al igual que ante la abundancia de alimentos hemos tenido que educar nuestro apetito, lo mismo tenemos que hacer ante la abundancia de información.
“Una sociedad que de forma imprudente y obstinada se muestra negligente [ante la verdad] está abocada a la decadencia. (…) Las civilizaciones nunca han podido prosperar ni podrán hacerlo sin cantidades ingentes de información fiable sobre los hechos”. Permítanme, pues, que me despida de ustedes con un ruego: ¡Premien el buen periodismo! Ayúdenle a defender la verdad.
Totalmente de acuerdo. Pero, como Diógenes, déjeme que vaya con una lámpara en busca del buen periodista y acostúmbrese a que los lectores hagan lo mismo. La confianza se la han cargado ustedes, la diversidad de fuentes informativas es buena, las cabeceras periodísticas son empresas con intereses, sólo los periodistas honrados tendrán quien les crea y esos periodistas están en El País y fuera de El País. Yo también tengo un ruego: ciudadanos, informarse bien requiere un gran esfuerzo. Si queréis una sociedad fuerte y democrática, utilizad los medios con un sano escepticismo.
*[Enlaces en Amazon a los libros On bullshit y Sobre la verdad. Aprovecho para decir, en aras a la transparencia, que los enlaces son patrocinados. es decir, si alguien compra el libro me pagan una comisión. También aclaro que no pongo estos enlaces por el dinero -que también es legítimo- sino porque los libros me parecen genuinamente interesantes.]
“Jaime y Miguel lo sabían. Jaime, licenciado sin trabajo, prepara su salida de España en busca de las oportunidades que aquí no tiene. Miguel, bachiller en vías de paro, ayuda de día a sus padres en un local de Russafa y estudia durante las noches sin calefacción en el Instituto Lluís Vives. Y encima, la policía detiene a un compañero. No se conocían, pero ambos tenían claro que en la mañana del jueves acudirían a la protesta por esta detención”. Soñaban despiertos. El País 17 de febrero de 2012.
“¿Qué le queda por hacer a un estudiante que se pela de frío en el instituto porque la Administración no puede pagar la calefacción?” La toma de la Bastilla. El País 18 de febrero de 2012
“Las protestas no han sido exclusivas del Lluís Vives. Muchos otros institutos también se han manifestado, entre otras cuestiones, porque a causa de los impagos del Consell se han quedado sin electricidad y sin calefacción y se han visto obligados a ir a clase provistos de mantas”. Todo empezó por un corte de tráfico. El País 21 de febrero de 2012
“Lo que había comenzado la semana anterior como una protesta de decenas de estudiantes de un céntrico instituto valenciano, por falta de calefacción, ha derivado en la ocupación de las calles por millares de indignados como reacción a las violentas cargas policiales”. Un serio error. Editorial de El País. 22 de febrero de 2012
“En el pleno, Pajín le recriminó a Wert la falta de crítica a lo ocurrido en Valencia: “Diga alto y claro que es inaceptable que en una comunidad autónoma donde se construyen aeropuertos sin aviones no haya calefacción en los institutos y encima se reprima a los estudiantes”. Wert sitúa al PSOE detrás de las movilizaciones de Valencia. Público 22 de febrero de 2012
“Los científicos han de marcharse con viento fresco, especialmente si se dirigen al norte, y estudiantes como los del Instituto Luis Vives de Valencia también tendrían que hacerlo o, por lo menos, no quejarse por asistir a las clases con manta por falta de calefacción porque protestando no se resuelve nada y así se van acostumbrando al frío clima de Berlín”. La preocupante fuga de cerebros. Público 23 de febrero de 2012
“La directora del Luis Vives, Carmina Valiente, confirmó ayer a LAS PROVINCIAS que sí sufrieron un corte de luz hace siete años, si bien en la actualidad no han tenido este tipo de problemas ni han prescindido de la climatización, algo que por desgracia sí han experimentado alumnos de otros institutos valencianos”.
Just as food companies learned that if they want to sell a lot of cheap calories, they should pack them with salt, fat, and sugar — the stuff that people crave — media companies learned that affirmation sells a lot better than information. Who wants to hear the truth when they can hear that they’re right!
Así como las empresas de comida aprendieron que si quieren vender un montón de calorías baratas deben empaquetarlas con sal, grasa y azúcar -la clase de cosas que le encantan a la gente- las empresas de medios de comunicación aprendieron que el reforzamiento [de las convicciones] vende mucho mejor que la información. ¡Quién quiere escuchar la verdad si puedes escuchar que tienes razón!
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